¿Solos en el universo?

La pregunta de si estamos solos en el universo solo puede sostenerse en el marco teóricamente erróneo de una concepción mecanicista de la existencia, esta concepción se estructura a partir de un fundamento ontológico supuesto a priori y aceptado, en tanto silogismo, a posteriori por los pueblos a través de la historia occidental, aceptación que se sostiene, a su vez, por su firme e irrevocable voluntad de beneplácito irreflexivo.

Esta voluntad no tiene como agente que la posibilite un sujeto de conocimiento sino un sujeto de fe, es decir, aquella concepción mecanicista se erige a partir de postulados de índole religiosa, en ella, el centro del sistema universal, su instancia ontológica superior, Dios, creador del universo, a manera de titiritero todopoderoso, maneja los hilos de todas las entidades existentes, las cuales, en tanto tal, poseen autonomía las unas de las otras pero no respecto de la instancia superior de la cual dependen tanto su existencia como su funcionamiento y la cual constituye su razón de ser.

Una vez reducido este paradigma a la realidad del hombre, se formula una naturaleza estática inherente a el; el hombre es un ser perfecto racional-angelical, donde el estado de naturaleza es precedido por ese estado de perfección intelectual y moral que el hombre consigue descubrir, no ya desarrollar, en sus relaciones sociales, instancia que asegura el tránsito de ese estado de naturaleza al estado de perfección del cual el  hombre cayó, en primer lugar, por tener un estómago cuyo gusto se conviene con el sabor de las manzanas, esta concepción es conocida como la tradición adámica.

En síntesis, este acervo antropocéntrico sitúa al hombre como ser ideal, fetiche de su creador, quien no solo se limitó a crearlo sino también a ofrecerle, a través del culto de la religión mediante la obediencia, la posibilidad de una finalidad específica y excluyente, pues según uno de los fundamentos de este velado antropocentrismo, solo el hombre, en tanto ser racional, posee los medios para acceder a esa finalidad.

Consecuentemente, la respuesta a la pregunta de si estamos solos en el universo constituye un categórico “si”, pues el hombre, firmemente arraigado en esta creencia y desposeído de una voluntad de conocimiento, da por sentado que en la inmensa infinitud universal no hay otro planeta habitado que no sea este y no hay otro ser con una finalidad en sus actos y pensamientos que no sea el.

Esta descarada soberbia se desarticula totalmente desde el punto de vista de una concepción que se sacude de sus espaldas la subjetividad que alimenta aquel mecanicismo antropomórfico y aleja su mira del perspectivismo  que lo enceguece, el paradigma de la concepción química de la existencia ofrece una respuesta que no da lugar a respuestas definitivas y categóricas sino especulativas, y, mas importante aún, aleja su pensamiento de un supuesto centro articulador, en otras palabras, exige vocación y voluntad de saber, afirma, así,  el aserto aristotélico de la primera línea de su Metafísica, y logra comprometer a los individuos solo con esta vocación y voluntad.

Al partir de este enfoque químico, mientras se observa la constante composición y descomposición de relaciones efectuada por las partículas, la pregunta de si estamos solos en el universo se descompone al no convenir su particularidad con ninguna particularidad de la realidad, en un universo químico donde las partículas componen y descomponen relaciones de manera incesante el concepto de aislamiento y soledad no tiene significado posible mas allá de un sofisma.


No estamos solos, nuestra fisiología se compone y se descompone a nivel molecular de la misma manera que lo hace toda estructura física existente, la vida, en sentido químico y a diferencia de la postura mecanicista, no se reduce a la existencia del ser humano, no hay entidades independientes ni absolutas y toda partícula accede a la posibilidad significante, para usar términos de la psicología lacaniana, por gracia de esta constante interrelación, es decir, las partículas funcionan de la misma manera que las unidades lingüísticas cuya combinatoria origina un texto.

Sin embargo, a nivel universal no se pueden vislumbrar los alcances de un texto infinito como el de la existencia y no se puede juzgar categóricamente un texto por haber leído tan solo una parte de el.

Como dijo Einstein, tanto el universo como la estupidez humana son infinitos, aunque el no estaba tan seguro acerca del primero, esa estupidez humana, que nosotros llamamos subjetividad antropomórfica, es la misma que obligó a los amigos de Marco Polo a exigirle, en su lecho de muerte, que rectifique sus dichos acerca del imperio Tártaro, pues en su subjetividad no podían creer, o mejor dicho, aceptar, que exista un imperio mas abundante en desarrollo económico, intelectual, espiritual, etc., que el de la civilización europea y, de todas maneras, el Kublai Khan gobernaba un territorio mucho mas vasto que el de Alejandro Magno con mayor eficacia y mas aceptación y convivencia de distintas religiones sin sufrir sublevaciones que lo hayan obligado a tomar medidas maquiavélicas.


Un universo cuyo principal rasgo es la infinitud, no puede de ninguna manera ser infinito solo en uno de sus aspectos, si es infinito en forma, es decir, es amorfo, es, también, infinito en contenido y las partes de este texto que no se pueden leer por ser los humanos seres que no poseen la capacidad de experimentar lo infinito, quizás esos fragmentos ilegibles de la existencia contengan, tal cual las posee un texto de ciencia ficción, una realidad que se adecue a las fantasías extraterrestres que estos textos proporcionan como entretenimiento y ficción.

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La superstición de la cacerola

Muy a menudo nos acostumbramos a la comodidad de sacudirnos los problemas de encima como si fueran polvo que pertenece al capricho del viento, entonces continuamos con nuestras ocupaciones libres del remordimiento que nos provocaría no contar con esta descarga ficticia, hasta que el viento y su capricho, como por arte de magia de un genio malvado, nos arroja los problemas nuevamente a la cara. Sin animo de excusar a los impresentables oficiales de estado de turno, esta descarga se ha vuelto a escenificar el pasado jueves mediante las manifestaciones de la tristemente celebre “cacerola”. En este momento resulta lícito preguntarnos cual es la sustancia, la esencia o contenido que da origen a esa forma de organización específica que es el poder del estado y como se configura, partiendo de esa fuente que le da razón de ser, la salud ética y moral de dicho poder. Una buena manera de entrever el origen de un fenómeno es observar detenidamente su finalidad; toda política implementada por ese poder tiene como objetivo, como finalidad última, aportar medios auténticos mediante los cuales ofrecer bienestar, sino general, específico y relacionado a una determinada faceta de la situación general del pueblo. En otras palabras el objetivo del poder político es el bienestar de todos los individuos en sociedad, y es el deseo de estos últimos lo que, en ultima instancia, exige que el poder garantice su bienestar. Somos nosotros, los individuos, la fuente de ese poder y las medidas que todo oficial de estado implemente reflejarán, necesariamente, en sus postulados y efectos, las aptitudes y actitudes éticas y morales que emergen del conjunto de la sociedad. Si el “cacerolazo” estuvo dirigido contra las políticas decadentes de este momento del poder político no resultaría innecesario intentar, brevemente, acometer la tarea de esbozar una serie de prácticas y acciones que no cesan de repetirse en todos los niveles de la sociedad argentina y que son la expresión más fidedigna de una determinada voluntad interior conocida como la “argentinidad”. Argumentaremos que este apelativo es sinónimo de “deshonestidad brutal”, y que las raíces de la corrupción están profundamente arraigadas en el fértil terreno de la sociedad misma. La pedantería del menor esfuerzo que se expresa en la constante voluntad de robo presente en todos los ámbitos del medio social no es un elemento mas de la psicología del pueblo argentino integrado en un sistema de pesos y contrapesos que, al interactuar, producen una conducta de naturaleza honrada en sus rasgos mas generales, sino que es el centro de gravedad de nuestra personalidad y que, en ultima instancia, configura las formas y actitudes que adoptamos para movernos y escalar posiciones en ese medio social. En otras palabras, la voluntad de robo es la “argentinidad”; roba el futbolista que finge un penal para lograr una ventaja ilegítima, roba el empleado que gasta mas fuerzas en fingir que trabaja que las que gastaría en cumplir con sus obligaciones, roba el empleador cuando olvida las exigencias de la división del trabajo y sobrecarga a su empleado con actividades extracontractuales, roban los mecánicos, los taxistas, los albañiles y roba aquel que en lugar de aprender de la prosperidad ajena e intentar protegerla con la propia, la envidia e injuria. ¿Acaso no sucede, muy a menudo, que nos encontramos un compañero del trabajo que se esclaviza con horas extras y proclama, con un brillo en la sonrisa cómplice, que se quedo a “robar” en el trabajo? Incluso cuando hacemos lo opuesto a robar, que es trabajar, prostituimos esta acción honesta con el maquillaje que la dinámica social nos exige, la pedantería del menor esfuerzo, de lograr ventajas rápidas y cómodas para ser aceptados por nuestra “inteligente” astucia. “Tomar el color del medio”, observa certeramente Nietzsche, y tras todo lo dicho nos obliga a preguntarnos; ¿Que derecho tenemos a exigir oficiales de estado que se caractericen por su brillo moral si entre todos nos encargamos de pintar un panorama tan pálido y estéril para que germine la semilla de la honestidad? Todos somos Cristina. Y mientras estemos todos atascados en ese salón oscuro que es hoy la casa rosada la realidad de los cacerolazos devendrá ficción. Si la corrupción continua siendo el paradigma reinante en todas nuestras pequeñas acciones, no habrá agentes para sustentar una auténtica protesta mediante el cacerolazo, sin importar la cantidad de individuos que salgan a las calles a intentar representarla. No existe representación que exprese realidad alguna más que im Abstrakten.Image. Y todo fenómeno cuyo agente resulte abstracto deviene, a su vez, superstición. Estas políticas decadentes continuaran perpetuándose a medida que pasen los oficiales de estado en una espiral de corrupción irremediable, en tanto y en cuanto no comencemos, a partir de nuestras acciones individuales y aisladas, a construir un tejido de realidad cotidiana mas puro y noble respecto del interés general y menos permeable a la cultura del robo generalizado, mientras no logremos fortalecer esta, parafraseando a Foucault, micro política de la cotidianeidad, la cacerola continuará sin tener quien la golpee.