La repugnancia y el asco

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Debo confesar, en virtud de un sentimiento de franqueza y honorabilidad el cual me veo obligado a honrar, sin perjuicio de que la vergüenza me invada y sin que exista justificación alguna que me redima de ella, que he asistido, en el pasado, a sermones religiosos. Allí fuí testigo de las demostraciones de fervor religioso más vergonzosas de los seres más pusilánimes que se puedan encontrar en este mundo que, de tanto albergarlos, parece empecinado en producirlos.

Allí, las palabras honorabilidad, civilización, franqueza, etc., ya no significan absolutamente nada, los componentes del binomio semiótico saussurrista se han divorciado; solo queda un esqueleto enclenque que ya no encuentra el espíritu que lo haga mover en una unívoca dirección.

En esos edificios, la certidumbre y el convencimiento ciego cuelgan de las paredes tal como el hedor de cadáveres en descomposición chorreaba de las catacumbas parisinas en las épocas de la guillotine, allí no se puede respirar; falta el oxígeno desde tiempos en los cuales el avance tecnológico no había dado aún su paso significativo y determinante en la transformación del mundo como para justificar que se tenga que respirar aire viciado y nocivo para la salud.

La hipocresía religiosa resulta ser la más encumbrada de todas; especialistas de la mentira y de la intriga especulativa podrían celebrar convenciones a escala planetaria en un intento de alcanzar la cima hipócrita religiosa tan solo para ver sus esfuerzos fracasar una y otra vez; no existe peor hipócrita que aquel que pretende convertir verdades ajenas en mentiras y lo hace a sabiendas de que miente escondiendo, al mismo tiempo, su cara en alguna sombra conceptual. Es por esto que son certeras las palabras de Spinoza respecto de la superstición, estas sombras nacen en el vacío que estos pusilánimes producen al fluctuar entre el miedo y la esperanza; miedo a que la sombra no sea lo suficientemente veladora y que la mentira se descubra en los rasgos temblorosos de sus caras y esperanza de que la sombra los devore y aparte de las miradas inquisitivas de los hombres que sin mucho esfuerzo,vale decirlo, resultan ser sus superiores.

Allí, las demostraciones de que la fe, tal como ellos la llaman, ignorando a veces, mintiendo otras, que de lo que aquí se trata es de SU fe, no puede estar equivocada es directamente proporcional a la fuerza con la que se la expresa, los ruidos más aparatosos y molestos, los llantos más fingidos y oportunistas, los desmayos peor actuados y las expresiones de gravedad santificada son los medios más usuales, a la vez que irrefutables, hacia una fe “verdadera”; pero como toda esta comedia de la repugnancia no resulta convincente si ataca al buen gusto y a los modales refinados desde casos aislados, los habitantes del rebaño no tardarán en contagiarse entre sí estos ataques de epilepsia religiosa de manera que la prueba de la fuerza logre hacer comunión con la prueba del gran número; solo faltaría contar con milenios a través de los cuales escenificar estas bajezas para que la “fe” sume a sus justificaciones la prueba de irrefutabilidad que le faltaba: la de la historia.

No sudéis amigos de la “fe”; como ha dicho ya el prosaico iconoclasta. “¡Casi dos milenios y ni un solo nuevo dios!”; es decir, a esta fe no le falta ni la fuerza de sus actores, ni el número y ni el tiempo para carbonizar en la tierra; a los imbéciles de las mayorías no les falta coraje para creer lo increíble, son la mayoría y ya llevan más de dos mil años -o cinco mil- repitiendo la misma comedia, inmunes como son al hartazgo empalagoso que un estómago refinado les provocaría.

No se puede negar el poder transformador que ejerce este gentío sobre conceptos tales como el de amor; su versión de la Σoφíα helena deviene objeto de sorna y ridiculización; para ellos, el amor es el denominador común de todas sus pequeñas e insignificantes acciones y circunstancias, por el contrario, el concepto de amor griego excluía a las mayorías, para los griegos, el amor era una excepción, no la fuerza que ponía en movimiento las rutinas más pueblerinas como quieren pretender los cristianos con su versión de la caritas; los habitantes del rebaño no conocen las profundidades terribles necesarias para las cúspides del amor, ellos temen esas profundidades con un miedo impronunciable; ellos conocen el miedo más no el amor.

Esta gentuza se asume inofensiva, pero la incapacidad inexpugnable para realizar el mal es lo que los hace inofensivos en tanto individuos; su peligro consiste en agruparse con otros de su calaña; en masa, son las alimañas más destructivas que puedan existir, una incapacidad de hacer algo no es nunca una virtud sino un vicio, sus formas inofensivas son una consecuencia de una incapacidad para decir la verdad; son seres ahistóricos, sus aportes al movimiento de la maquinaria histórico-cultural que hace que el hombre sea hombre y el mundo mundo son absolutamente nulos.

Esa inercia vomitiva y repugnante que los mueve cual autómatas fantasmales entre las obras de los grandes hombres que construyen el mundo, inicia como repetición para luego convertirse en costumbre :”el hábito hace al monje”,una vez costumbre, hecha raíces: se “naturaliza”, la cosa más artificial, muerta, abiológica adquiere una “naturaleza”, para ponerlo en términos que muestren sin dejar lugar a dudas el escándalo espantoso que esta chusma propaga como enfermedad en la cultura humana. Una vez que adquiere una naturaleza pasa a ser el valor con el cual se miden todos los restantes, por eso las celebraciones religiosas se repiten una y otra vez, todos los meses, todas las semanas, todos los días y a cada instante, para sostener este falo axiológico a toda hora y contra todas las refutaciones.

He asistido a acumulamientos de individuos donde se escenifican este tipo de bajezas y repugnancias; ¿Habré logrado salir ileso de esta insospechada naturaleza?

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