La higiene de conciencia del artista

Esta “virtud”, hecha completamente abstracta, fue la gran seductora, lanzando a los hombres a hacerse por su parte también abstractos; es decir, llevándolos a disolverse.

Friedrich Nietzsche, La Voluntad de Poder, Af. 422

Artistas existen que rechazan momentos de inspiración provocados por tragedias, sobretodo tragedias que involucran a seres cercanos o familiares, todo esto en virtud de una higiene de conciencia que hace a los demás decir de ellos que son buenos hombres; pero los postulados deónticos resultan siempre falsos respecto de las motivaciones artísticas, observar una higiene moral no hace de un hombre mejor, solamente lo convierte en una sombra triste e infértil de lo que podría llegar a ser, lo convierte, en definitiva, en una negación de sí mismo; ¿se es más bueno o mejor por abrir un paraguas cuando llueve o abrigarse y beber una infusión caliente cuando hace frío? La lluvia y el frío son fenómenos naturales, tomar medidas para evitar sus efectos no hace higiénica ninguna conciencia, los momentos de inspiración que provocan las tragedias también son fenómenos naturales; ¿porqué se empecina el hombre en sostener este doble standard axiológico? ¿Alguien puede imaginarse un mundo en el cual los Napoleón, Stalin, Genghis Khan o Alejandro hubieran reprimido sus impulsos de conquista, sus momentos de inspiración para mover la rueda del mundo? ¿Se puede imaginar esto realmente, es decir, teatralizando los escenarios posibles y las consecuencias extensivas a lo largo del tiempo? Hagamos un esfuerzo por mantenernos neutrales ante el ruido que tales nombres generan en nuestros oídos, ¿Es posible imaginarse un mundo sin historia?

Díaz contra Platón

Las conexiones de las que se habla cuando se afirma: “todo está relacionado”, son exclusivamente subjetivas, es decir, son conexiones de naturaleza emocional, y las emociones pertenecen de manera exclusiva a seres capaces de realizar esa conexiones dans l’abstrait ; esa capacidad de ente relacionante no puede residir nunca fuera de seres no sensibles; en sentido substancial, estas conexiones abstractas-subjetivas-emocionales resultan quiméricas; el lenguaje es un ejemplo perfecto de ello, no hay absolutamente nada que conecte substancialmente una determinada image acoustique, por ejemplo: mesa, al objeto designado, ni tampoco al concepto que pretende establecer la mentada imagen; la conexión pertenece al ámbito de las emociones. Las personas tampoco se relacionan de ninguna otra manera que no sea la emocional; “el sujeto a conoce al sujeto b” mienta una relación decididamente no gnoseológica, sino una de tipo emocional, nunca substancial; a fin de cuentas, el otro es siempre otro, inaccesible gnoseológicamente y permanece inevitablemente un misterio. El sujeto de conocimiento, tan encomiado en los discursos científicos no es más que un sujeto pleno de emociones, de subjetividades arraigadas en caldos de cultivo emocionales. En definitiva; el endiosado sujeto de conocimiento no es más que un sujeto de fe, y tal cómo se ha dicho ya de manera acertada, la prueba de la verdad de la fe solo prueba, en última instancia, el vigor impune de una credulidad.

La repugnancia y el asco

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Debo confesar, en virtud de un sentimiento de franqueza y honorabilidad el cual me veo obligado a honrar, sin perjuicio de que la vergüenza me invada y sin que exista justificación alguna que me redima de ella, que he asistido, en el pasado, a sermones religiosos. Allí fuí testigo de las demostraciones de fervor religioso más vergonzosas de los seres más pusilánimes que se puedan encontrar en este mundo que, de tanto albergarlos, parece empecinado en producirlos.

Allí, las palabras honorabilidad, civilización, franqueza, etc., ya no significan absolutamente nada, los componentes del binomio semiótico saussurrista se han divorciado; solo queda un esqueleto enclenque que ya no encuentra el espíritu que lo haga mover en una unívoca dirección.

En esos edificios, la certidumbre y el convencimiento ciego cuelgan de las paredes tal como el hedor de cadáveres en descomposición chorreaba de las catacumbas parisinas en las épocas de la guillotine, allí no se puede respirar; falta el oxígeno desde tiempos en los cuales el avance tecnológico no había dado aún su paso significativo y determinante en la transformación del mundo como para justificar que se tenga que respirar aire viciado y nocivo para la salud.

La hipocresía religiosa resulta ser la más encumbrada de todas; especialistas de la mentira y de la intriga especulativa podrían celebrar convenciones a escala planetaria en un intento de alcanzar la cima hipócrita religiosa tan solo para ver sus esfuerzos fracasar una y otra vez; no existe peor hipócrita que aquel que pretende convertir verdades ajenas en mentiras y lo hace a sabiendas de que miente escondiendo, al mismo tiempo, su cara en alguna sombra conceptual. Es por esto que son certeras las palabras de Spinoza respecto de la superstición, estas sombras nacen en el vacío que estos pusilánimes producen al fluctuar entre el miedo y la esperanza; miedo a que la sombra no sea lo suficientemente veladora y que la mentira se descubra en los rasgos temblorosos de sus caras y esperanza de que la sombra los devore y aparte de las miradas inquisitivas de los hombres que sin mucho esfuerzo,vale decirlo, resultan ser sus superiores.

Allí, las demostraciones de que la fe, tal como ellos la llaman, ignorando a veces, mintiendo otras, que de lo que aquí se trata es de SU fe, no puede estar equivocada es directamente proporcional a la fuerza con la que se la expresa, los ruidos más aparatosos y molestos, los llantos más fingidos y oportunistas, los desmayos peor actuados y las expresiones de gravedad santificada son los medios más usuales, a la vez que irrefutables, hacia una fe “verdadera”; pero como toda esta comedia de la repugnancia no resulta convincente si ataca al buen gusto y a los modales refinados desde casos aislados, los habitantes del rebaño no tardarán en contagiarse entre sí estos ataques de epilepsia religiosa de manera que la prueba de la fuerza logre hacer comunión con la prueba del gran número; solo faltaría contar con milenios a través de los cuales escenificar estas bajezas para que la “fe” sume a sus justificaciones la prueba de irrefutabilidad que le faltaba: la de la historia.

No sudéis amigos de la “fe”; como ha dicho ya el prosaico iconoclasta. “¡Casi dos milenios y ni un solo nuevo dios!”; es decir, a esta fe no le falta ni la fuerza de sus actores, ni el número y ni el tiempo para carbonizar en la tierra; a los imbéciles de las mayorías no les falta coraje para creer lo increíble, son la mayoría y ya llevan más de dos mil años -o cinco mil- repitiendo la misma comedia, inmunes como son al hartazgo empalagoso que un estómago refinado les provocaría.

No se puede negar el poder transformador que ejerce este gentío sobre conceptos tales como el de amor; su versión de la Σoφíα helena deviene objeto de sorna y ridiculización; para ellos, el amor es el denominador común de todas sus pequeñas e insignificantes acciones y circunstancias, por el contrario, el concepto de amor griego excluía a las mayorías, para los griegos, el amor era una excepción, no la fuerza que ponía en movimiento las rutinas más pueblerinas como quieren pretender los cristianos con su versión de la caritas; los habitantes del rebaño no conocen las profundidades terribles necesarias para las cúspides del amor, ellos temen esas profundidades con un miedo impronunciable; ellos conocen el miedo más no el amor.

Esta gentuza se asume inofensiva, pero la incapacidad inexpugnable para realizar el mal es lo que los hace inofensivos en tanto individuos; su peligro consiste en agruparse con otros de su calaña; en masa, son las alimañas más destructivas que puedan existir, una incapacidad de hacer algo no es nunca una virtud sino un vicio, sus formas inofensivas son una consecuencia de una incapacidad para decir la verdad; son seres ahistóricos, sus aportes al movimiento de la maquinaria histórico-cultural que hace que el hombre sea hombre y el mundo mundo son absolutamente nulos.

Esa inercia vomitiva y repugnante que los mueve cual autómatas fantasmales entre las obras de los grandes hombres que construyen el mundo, inicia como repetición para luego convertirse en costumbre :”el hábito hace al monje”,una vez costumbre, hecha raíces: se “naturaliza”, la cosa más artificial, muerta, abiológica adquiere una “naturaleza”, para ponerlo en términos que muestren sin dejar lugar a dudas el escándalo espantoso que esta chusma propaga como enfermedad en la cultura humana. Una vez que adquiere una naturaleza pasa a ser el valor con el cual se miden todos los restantes, por eso las celebraciones religiosas se repiten una y otra vez, todos los meses, todas las semanas, todos los días y a cada instante, para sostener este falo axiológico a toda hora y contra todas las refutaciones.

He asistido a acumulamientos de individuos donde se escenifican este tipo de bajezas y repugnancias; ¿Habré logrado salir ileso de esta insospechada naturaleza?

Cartelito en la puerta de la universidad

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Que el hecho de que alguien -sobretodo alguien que ejerce la profesión de traductor- interprete un determinado parlamento sin atenerse al contexto en el cual se despliega semánticamente tal discurso constituya un crime d’interprétation no puede ser refutado, cualquiera sea el pretexto lógico con el cual se pretenda impugnarlo.

Sin embargo, el instrumento más usado por todos y cada uno de los seres humanos es, justamente, el lenguaje, el cual no puede permanecer exento de la influencia de las excentricidades metafísicas a través de las cuales esos mismos seres deciden ignorar su rol de “agentes” de la inteligibilidad y reemplazar ese rasgo esencial de la conducta humana por una obsesión cuasi patológica de buscar dicha inteligibilidad “detrás” de las cosas, como si esta fuera una especie de tierra prometida que haya que descubrir y conquistar.

Se produce así una especie de mística lingüística donde las partes de la cadena significante (para usar, de manera ilegitima, términos lacanianos) resultan ser unidades autosuficientes, es decir, fantasmas semánticos.

En el caso particular de esta afirmación, infamemente formulada en la puerta de entrada de una casa de estudios, que ha preferido adoptar el título de “universidad” en explícito menoscabo del más certero “gimnasio” que usaban los griegos en su época de esplendor educativo –paideia-, su aparente explicitud es el efecto de un falseamiento metafísico tal, es casi una prueba de que no resulta oportuno discurrir in abstractus acerca de unidades lingüísticas como si se tratase de unidades significantes per se; es el encadenamiento el que propicia la significación y, con esto, queda totalmente en evidencia que no existe completud ni explicitud fuera del contexto que provee esa estructura semántica.

En definitiva, el cartel en la puerta de la universidad que afirma “TU PENSAMIENTO PUEDE CAMBIAR EL MUNDO” debe leerse “dentro” de la estructura semántica en la cual resuena el eco de su implicitud; en otras palabras, su significado real, lo opuesto a lo que la pretendida explicitud de la alocución nos quiere obligar a aceptar sin mayores consideraciones, a saber: Tu pensamiento puede cambiar el mundo, por eso, las puertas de esta institución se encuentran abiertas para “integrarlo” a nuestro “sistema” educativo y lograr de esa manera que el mundo siga igual.

“Limar las asperezas”, “to trim the fat” se relacionan sinonímicamente con nuestra afirmación original.

Peligros de la “3ra posición”

1345 del mediodía, comedor del laburo, imaginen la situación de una persona que detesta su laburo -no tanto por una cuestion oprobiosa del laburo en si, sino por una enjundia venenosa y específica contra la cultura del trabajo en general-, esta en la peor de las situaciones porque tiene ocho horas por delante, ocho horas de las cuales todas las mas mínimas fracciones de tiempo son insoportablemente iguales y monótonas, ENCIMA me tuve que “merendar” el siguiente comentario de un tipo que hablaba con la voz afectada e imitaba toda la gestalt de esos pseudo-charlatanes que aparecen en los programas “formadores de opinión” -solo idiotas dostoevskeanos necesitan que le formen de esta manera la opinión- bajo el altisonante adjetivo de “pensadores”, es decir, el tipo era cien por cien lenguaje corporal -manerismos y pantomima mas que nada- y cero semántica, como lo demuestra el siguiente comentario: “-Antes la guita se la llevaba un gallego o se iba al exterior, ahora, estara en una bóveda en Santa Cruz, pero por lo menos la guita se queda en el país, todos se preocupan porque el tipo se hizo 5 casas con pileta, pero eso no es importante, lo importante es que por lo menos ahora la guita se queda en el pais”. Ok, entre este comentario y la comida espantosa de ese comedor, y la anteriormente descrita situación, mi estómago ofreció una emotiva demostración de valor y no tuve que ir al baño a vomitar, aunque si lo hacia nada podia reprocharle, no les parece? Segun este imbécil, infradotado, charlatan de feria, la guita se queda en el país, dentro de una bóveda y esto es mejor que se la lleve un gallego, pero la guita no se queda en el país si no se usa para sostener estructuras políticas cuyo objetivo sea el bienestar de la población, por mas que fisicamente este en el país, no sirve para cumplir su destino natural -el anteriormente mencionado-, si se la usa para el beneficio de un tipo que de corrupto devino empresario, ¿es necesario tener que explicar esto? ¿Se puede ser tan estúpido solo por el afán de demostrar que se es imparcial, que no se esta ni a favor ni en contra? Si ha servido de algo la forma de actuar de este gobierno es que no ha dejado NINGUN argumento para sostener terceras posiciones, o se esta a favor o se esta en contra, no hay lugar para pseudo sofisticaciones de charlatanes, sinceramente, prefiero escuchar repetir mantras kirchneristas a un descerebrado de la campora antes que escuchar este tipo de comentarios amilanados, motivados por las ganas de sobresalir de estos tipos que de tan mediocres que son parecen encarnar el prototipo psicologico denunciado -de manera épica y también certera, lo que es todo un logro-por J. Ingenieros en su ensayo sobre la estupidez generalizada conocido como “El hombre mediocre”, pero el tipo, rodeado de comensales de su misma calaña, se “lució” revoleando ese engendro discursivo de ignorancia, estupidez, imbecilidad y mas adjetivos que extiendan la cadena sinonímica.
Asi que ahi lo tienen, a veces los imbeciles que se revuelven en ela mugre de su propia estupidez, es decir, los que apoyan esta impresentabilidad administrativa politica, llegan hasta el punto de divertirme que si no existieran los inventaria para divertirme un poco, pero estos amariconados inútiles y buenos para nada que quieren levantar la cabeza del barro de esta manera realmente me generan revoluciones intestinales que son imposibles de soportar. DIXI.

¿Solos en el universo?

La pregunta de si estamos solos en el universo solo puede sostenerse en el marco teóricamente erróneo de una concepción mecanicista de la existencia, esta concepción se estructura a partir de un fundamento ontológico supuesto a priori y aceptado, en tanto silogismo, a posteriori por los pueblos a través de la historia occidental, aceptación que se sostiene, a su vez, por su firme e irrevocable voluntad de beneplácito irreflexivo.

Esta voluntad no tiene como agente que la posibilite un sujeto de conocimiento sino un sujeto de fe, es decir, aquella concepción mecanicista se erige a partir de postulados de índole religiosa, en ella, el centro del sistema universal, su instancia ontológica superior, Dios, creador del universo, a manera de titiritero todopoderoso, maneja los hilos de todas las entidades existentes, las cuales, en tanto tal, poseen autonomía las unas de las otras pero no respecto de la instancia superior de la cual dependen tanto su existencia como su funcionamiento y la cual constituye su razón de ser.

Una vez reducido este paradigma a la realidad del hombre, se formula una naturaleza estática inherente a el; el hombre es un ser perfecto racional-angelical, donde el estado de naturaleza es precedido por ese estado de perfección intelectual y moral que el hombre consigue descubrir, no ya desarrollar, en sus relaciones sociales, instancia que asegura el tránsito de ese estado de naturaleza al estado de perfección del cual el  hombre cayó, en primer lugar, por tener un estómago cuyo gusto se conviene con el sabor de las manzanas, esta concepción es conocida como la tradición adámica.

En síntesis, este acervo antropocéntrico sitúa al hombre como ser ideal, fetiche de su creador, quien no solo se limitó a crearlo sino también a ofrecerle, a través del culto de la religión mediante la obediencia, la posibilidad de una finalidad específica y excluyente, pues según uno de los fundamentos de este velado antropocentrismo, solo el hombre, en tanto ser racional, posee los medios para acceder a esa finalidad.

Consecuentemente, la respuesta a la pregunta de si estamos solos en el universo constituye un categórico “si”, pues el hombre, firmemente arraigado en esta creencia y desposeído de una voluntad de conocimiento, da por sentado que en la inmensa infinitud universal no hay otro planeta habitado que no sea este y no hay otro ser con una finalidad en sus actos y pensamientos que no sea el.

Esta descarada soberbia se desarticula totalmente desde el punto de vista de una concepción que se sacude de sus espaldas la subjetividad que alimenta aquel mecanicismo antropomórfico y aleja su mira del perspectivismo  que lo enceguece, el paradigma de la concepción química de la existencia ofrece una respuesta que no da lugar a respuestas definitivas y categóricas sino especulativas, y, mas importante aún, aleja su pensamiento de un supuesto centro articulador, en otras palabras, exige vocación y voluntad de saber, afirma, así,  el aserto aristotélico de la primera línea de su Metafísica, y logra comprometer a los individuos solo con esta vocación y voluntad.

Al partir de este enfoque químico, mientras se observa la constante composición y descomposición de relaciones efectuada por las partículas, la pregunta de si estamos solos en el universo se descompone al no convenir su particularidad con ninguna particularidad de la realidad, en un universo químico donde las partículas componen y descomponen relaciones de manera incesante el concepto de aislamiento y soledad no tiene significado posible mas allá de un sofisma.


No estamos solos, nuestra fisiología se compone y se descompone a nivel molecular de la misma manera que lo hace toda estructura física existente, la vida, en sentido químico y a diferencia de la postura mecanicista, no se reduce a la existencia del ser humano, no hay entidades independientes ni absolutas y toda partícula accede a la posibilidad significante, para usar términos de la psicología lacaniana, por gracia de esta constante interrelación, es decir, las partículas funcionan de la misma manera que las unidades lingüísticas cuya combinatoria origina un texto.

Sin embargo, a nivel universal no se pueden vislumbrar los alcances de un texto infinito como el de la existencia y no se puede juzgar categóricamente un texto por haber leído tan solo una parte de el.

Como dijo Einstein, tanto el universo como la estupidez humana son infinitos, aunque el no estaba tan seguro acerca del primero, esa estupidez humana, que nosotros llamamos subjetividad antropomórfica, es la misma que obligó a los amigos de Marco Polo a exigirle, en su lecho de muerte, que rectifique sus dichos acerca del imperio Tártaro, pues en su subjetividad no podían creer, o mejor dicho, aceptar, que exista un imperio mas abundante en desarrollo económico, intelectual, espiritual, etc., que el de la civilización europea y, de todas maneras, el Kublai Khan gobernaba un territorio mucho mas vasto que el de Alejandro Magno con mayor eficacia y mas aceptación y convivencia de distintas religiones sin sufrir sublevaciones que lo hayan obligado a tomar medidas maquiavélicas.


Un universo cuyo principal rasgo es la infinitud, no puede de ninguna manera ser infinito solo en uno de sus aspectos, si es infinito en forma, es decir, es amorfo, es, también, infinito en contenido y las partes de este texto que no se pueden leer por ser los humanos seres que no poseen la capacidad de experimentar lo infinito, quizás esos fragmentos ilegibles de la existencia contengan, tal cual las posee un texto de ciencia ficción, una realidad que se adecue a las fantasías extraterrestres que estos textos proporcionan como entretenimiento y ficción.

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La superstición de la cacerola

Muy a menudo nos acostumbramos a la comodidad de sacudirnos los problemas de encima como si fueran polvo que pertenece al capricho del viento, entonces continuamos con nuestras ocupaciones libres del remordimiento que nos provocaría no contar con esta descarga ficticia, hasta que el viento y su capricho, como por arte de magia de un genio malvado, nos arroja los problemas nuevamente a la cara. Sin animo de excusar a los impresentables oficiales de estado de turno, esta descarga se ha vuelto a escenificar el pasado jueves mediante las manifestaciones de la tristemente celebre “cacerola”. En este momento resulta lícito preguntarnos cual es la sustancia, la esencia o contenido que da origen a esa forma de organización específica que es el poder del estado y como se configura, partiendo de esa fuente que le da razón de ser, la salud ética y moral de dicho poder. Una buena manera de entrever el origen de un fenómeno es observar detenidamente su finalidad; toda política implementada por ese poder tiene como objetivo, como finalidad última, aportar medios auténticos mediante los cuales ofrecer bienestar, sino general, específico y relacionado a una determinada faceta de la situación general del pueblo. En otras palabras el objetivo del poder político es el bienestar de todos los individuos en sociedad, y es el deseo de estos últimos lo que, en ultima instancia, exige que el poder garantice su bienestar. Somos nosotros, los individuos, la fuente de ese poder y las medidas que todo oficial de estado implemente reflejarán, necesariamente, en sus postulados y efectos, las aptitudes y actitudes éticas y morales que emergen del conjunto de la sociedad. Si el “cacerolazo” estuvo dirigido contra las políticas decadentes de este momento del poder político no resultaría innecesario intentar, brevemente, acometer la tarea de esbozar una serie de prácticas y acciones que no cesan de repetirse en todos los niveles de la sociedad argentina y que son la expresión más fidedigna de una determinada voluntad interior conocida como la “argentinidad”. Argumentaremos que este apelativo es sinónimo de “deshonestidad brutal”, y que las raíces de la corrupción están profundamente arraigadas en el fértil terreno de la sociedad misma. La pedantería del menor esfuerzo que se expresa en la constante voluntad de robo presente en todos los ámbitos del medio social no es un elemento mas de la psicología del pueblo argentino integrado en un sistema de pesos y contrapesos que, al interactuar, producen una conducta de naturaleza honrada en sus rasgos mas generales, sino que es el centro de gravedad de nuestra personalidad y que, en ultima instancia, configura las formas y actitudes que adoptamos para movernos y escalar posiciones en ese medio social. En otras palabras, la voluntad de robo es la “argentinidad”; roba el futbolista que finge un penal para lograr una ventaja ilegítima, roba el empleado que gasta mas fuerzas en fingir que trabaja que las que gastaría en cumplir con sus obligaciones, roba el empleador cuando olvida las exigencias de la división del trabajo y sobrecarga a su empleado con actividades extracontractuales, roban los mecánicos, los taxistas, los albañiles y roba aquel que en lugar de aprender de la prosperidad ajena e intentar protegerla con la propia, la envidia e injuria. ¿Acaso no sucede, muy a menudo, que nos encontramos un compañero del trabajo que se esclaviza con horas extras y proclama, con un brillo en la sonrisa cómplice, que se quedo a “robar” en el trabajo? Incluso cuando hacemos lo opuesto a robar, que es trabajar, prostituimos esta acción honesta con el maquillaje que la dinámica social nos exige, la pedantería del menor esfuerzo, de lograr ventajas rápidas y cómodas para ser aceptados por nuestra “inteligente” astucia. “Tomar el color del medio”, observa certeramente Nietzsche, y tras todo lo dicho nos obliga a preguntarnos; ¿Que derecho tenemos a exigir oficiales de estado que se caractericen por su brillo moral si entre todos nos encargamos de pintar un panorama tan pálido y estéril para que germine la semilla de la honestidad? Todos somos Cristina. Y mientras estemos todos atascados en ese salón oscuro que es hoy la casa rosada la realidad de los cacerolazos devendrá ficción. Si la corrupción continua siendo el paradigma reinante en todas nuestras pequeñas acciones, no habrá agentes para sustentar una auténtica protesta mediante el cacerolazo, sin importar la cantidad de individuos que salgan a las calles a intentar representarla. No existe representación que exprese realidad alguna más que im Abstrakten.Image. Y todo fenómeno cuyo agente resulte abstracto deviene, a su vez, superstición. Estas políticas decadentes continuaran perpetuándose a medida que pasen los oficiales de estado en una espiral de corrupción irremediable, en tanto y en cuanto no comencemos, a partir de nuestras acciones individuales y aisladas, a construir un tejido de realidad cotidiana mas puro y noble respecto del interés general y menos permeable a la cultura del robo generalizado, mientras no logremos fortalecer esta, parafraseando a Foucault, micro política de la cotidianeidad, la cacerola continuará sin tener quien la golpee.