La superstición de la cacerola

Muy a menudo nos acostumbramos a la comodidad de sacudirnos los problemas de encima como si fueran polvo que pertenece al capricho del viento, entonces continuamos con nuestras ocupaciones libres del remordimiento que nos provocaría no contar con esta descarga ficticia, hasta que el viento y su capricho, como por arte de magia de un genio malvado, nos arroja los problemas nuevamente a la cara. Sin animo de excusar a los impresentables oficiales de estado de turno, esta descarga se ha vuelto a escenificar el pasado jueves mediante las manifestaciones de la tristemente celebre “cacerola”. En este momento resulta lícito preguntarnos cual es la sustancia, la esencia o contenido que da origen a esa forma de organización específica que es el poder del estado y como se configura, partiendo de esa fuente que le da razón de ser, la salud ética y moral de dicho poder. Una buena manera de entrever el origen de un fenómeno es observar detenidamente su finalidad; toda política implementada por ese poder tiene como objetivo, como finalidad última, aportar medios auténticos mediante los cuales ofrecer bienestar, sino general, específico y relacionado a una determinada faceta de la situación general del pueblo. En otras palabras el objetivo del poder político es el bienestar de todos los individuos en sociedad, y es el deseo de estos últimos lo que, en ultima instancia, exige que el poder garantice su bienestar. Somos nosotros, los individuos, la fuente de ese poder y las medidas que todo oficial de estado implemente reflejarán, necesariamente, en sus postulados y efectos, las aptitudes y actitudes éticas y morales que emergen del conjunto de la sociedad. Si el “cacerolazo” estuvo dirigido contra las políticas decadentes de este momento del poder político no resultaría innecesario intentar, brevemente, acometer la tarea de esbozar una serie de prácticas y acciones que no cesan de repetirse en todos los niveles de la sociedad argentina y que son la expresión más fidedigna de una determinada voluntad interior conocida como la “argentinidad”. Argumentaremos que este apelativo es sinónimo de “deshonestidad brutal”, y que las raíces de la corrupción están profundamente arraigadas en el fértil terreno de la sociedad misma. La pedantería del menor esfuerzo que se expresa en la constante voluntad de robo presente en todos los ámbitos del medio social no es un elemento mas de la psicología del pueblo argentino integrado en un sistema de pesos y contrapesos que, al interactuar, producen una conducta de naturaleza honrada en sus rasgos mas generales, sino que es el centro de gravedad de nuestra personalidad y que, en ultima instancia, configura las formas y actitudes que adoptamos para movernos y escalar posiciones en ese medio social. En otras palabras, la voluntad de robo es la “argentinidad”; roba el futbolista que finge un penal para lograr una ventaja ilegítima, roba el empleado que gasta mas fuerzas en fingir que trabaja que las que gastaría en cumplir con sus obligaciones, roba el empleador cuando olvida las exigencias de la división del trabajo y sobrecarga a su empleado con actividades extracontractuales, roban los mecánicos, los taxistas, los albañiles y roba aquel que en lugar de aprender de la prosperidad ajena e intentar protegerla con la propia, la envidia e injuria. ¿Acaso no sucede, muy a menudo, que nos encontramos un compañero del trabajo que se esclaviza con horas extras y proclama, con un brillo en la sonrisa cómplice, que se quedo a “robar” en el trabajo? Incluso cuando hacemos lo opuesto a robar, que es trabajar, prostituimos esta acción honesta con el maquillaje que la dinámica social nos exige, la pedantería del menor esfuerzo, de lograr ventajas rápidas y cómodas para ser aceptados por nuestra “inteligente” astucia. “Tomar el color del medio”, observa certeramente Nietzsche, y tras todo lo dicho nos obliga a preguntarnos; ¿Que derecho tenemos a exigir oficiales de estado que se caractericen por su brillo moral si entre todos nos encargamos de pintar un panorama tan pálido y estéril para que germine la semilla de la honestidad? Todos somos Cristina. Y mientras estemos todos atascados en ese salón oscuro que es hoy la casa rosada la realidad de los cacerolazos devendrá ficción. Si la corrupción continua siendo el paradigma reinante en todas nuestras pequeñas acciones, no habrá agentes para sustentar una auténtica protesta mediante el cacerolazo, sin importar la cantidad de individuos que salgan a las calles a intentar representarla. No existe representación que exprese realidad alguna más que im Abstrakten.Image. Y todo fenómeno cuyo agente resulte abstracto deviene, a su vez, superstición. Estas políticas decadentes continuaran perpetuándose a medida que pasen los oficiales de estado en una espiral de corrupción irremediable, en tanto y en cuanto no comencemos, a partir de nuestras acciones individuales y aisladas, a construir un tejido de realidad cotidiana mas puro y noble respecto del interés general y menos permeable a la cultura del robo generalizado, mientras no logremos fortalecer esta, parafraseando a Foucault, micro política de la cotidianeidad, la cacerola continuará sin tener quien la golpee.

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